Se quedó pensando, aterrorizado, con su mirada puesta en la nada. Ya no sabía qué era lo que podía llegar a pasar. Toda su vida siempre tuvo ese sexto sentido de intuir las cosas, de saber qué era lo que iba a pasar. Pero ahora no, por primera vez en todos sus 25 años, tenía la mente en blanco. No le gustaba, no quería pensar en nada. Quería su intuición, su sentido de sentimiento próximo.
Su mente en blanco, petrificada, anulada, completamente vacía. Estaba paralizado, no sabía qué hacer. Pensaba en ella y solo la podía ver a ella, nada más, ninguna señal, nada próximo, todo lejano. No aguantaba más, no quería más, se tenía que ir de ahí. Se tenía que levantar, de a poco, primero apoyar las manos sobre el piso para darse impulso y así poder pararse. Sus manos no reaccionaban, no daban impulso, no ayudaban, no servían. Entonces las piernas, levantarse usando las piernas, sin las manos. No, tampoco sirvieron, las piernas reaccionaban pero no tenían fuerza suficiente para levantarlo, necesitaban ayuda. Las manos ya no podían hacer nada. “¿Qué otra cosa queda?” Pensó. Sabía que se tenía que ir de ese lugar, pero no se podía levantar. Sus manos nulas, sus piernas débiles, su mente en blanco. “No puedo, no me puedo levantar, no me puedo ir, no me queda nada más” Pensó.
Decidió hacer un esfuerzo más por sacar a su mente de ese lugar vacio y sin destino en el cual se hallaba. Nada. Solo podía pensar en salir de ahí pero no veía nada, no veía la solución como antes. Más esfuerzo, más concentración. Le apareció ella otra vez pero sin futuro, sin ayuda, solo ella, ahí parada, sola, lejos. “¿De qué sirve verla a ella? Eso no me va a ayudar a salir de acá” Pensó.
Pensó en abandonar. Ya no podía hacer nada más. Se iba a quedar ahí. Esas manos inútiles, esas piernas sin estado, esa mente desnuda, privada de su mayor cualidad, de su única liberación. No podía entender cómo su cuerpo no lo ayudaba, sin su mente no era nada. Se tenía que alejar de ese pensamiento, tenía que liberar su mente, dejarla fluir, no usarla más, no esclavizarla más, dejar de depender de ella y solo de ella. Empezar a confiar en su cuerpo, en sus manos, en sus piernas, en su corazón. Su corazón, se lo olvidó, se olvidó que estaba su corazón ahí también con él, junto a él, adentro de él. Tenía que sentirlo, escucharlo. Sus latidos eran débiles, siempre fueron débiles. Se tiene que dar cuenta, mientras su vida se va, mientras su vida pasa, no se da cuenta.
Intentó escuchar sus frágiles latidos. Apenas podía sentirlos, muy leves. Silencio, tranquilidad, cerró los ojos. Empezó a fluir, el corazón estaba. Lo escuchó pero lo escuchó muy lejano. “Ella siempre me dijo que mi corazón parecía estar a kilómetros de mí” Pensó. Otra vez apareció ella, pero esta vez más cerca y sentada sobre el pasto de un hermoso jardín verde, tan verde como sus ojos. La apartó, sabía que necesitaba concentrarse en su corazón. Volvió a escuchar, esta vez para su sorpresa, esos latidos débiles que ahora se oían más cercanos pero aún lentos y sin fuerzas. Concentración, silencio, tranquilidad, calma. Ya iban ganando fuerzas. Intentó mover sus manos, solo se movió la derecha pero eso no alcanzaba, necesitaba las dos para poder levantarse. Colocó su mano derecha ahora en perfecto estado, en su corazón. Recordó “Ella solía poner su mano derecha en mi corazón”.
La volvió a ver a ella. Ahora mucho más cercana pero de perfil, en el mismo jardín. Su hermoso cabello rubio golpeaba las puertas de su oído izquierdo al ritmo de los ahora no tan débiles latidos de su corazón. “¿Por qué la sigo viendo a ella? No me sirve, no ayuda” Pensó.
Regresó a su corazón. Sus latidos ahora tenían fuerza pero seguían algo lejanos. Empezó a sentir calor en su pierna izquierda, energía, la movió. Había recobrado su buen estado pero sin la derecha no servía de nada. Logró recobrar su mano derecha y su pierna izquierda. Faltaba todavía, tenía que seguir concentrado, su corazón su única salida.
No podía todavía desencadenarse de su mente, soltarla por completo, dejar de buscar las respuestas ahí. Preso de su mente, su mente presa de él. Sin su natural intuición, no había manera de que él supiera exactamente si su corazón iba a poder sacarlo de ahí. Pero sabía que algo estaba pasando, su mano derecha recobró el conocimiento, su pierna izquierda sus fuerzas. No podía, no debía abandonar ahora.
Ya escuchaba con profundidad sus latidos, cada vez parecían más cercanos pero todavía no lo suficiente. Sin embargo, en su mano derecha, que aún seguía apoyada sobre su corazón, podía sentirlos, los latidos. “Son hermosos” Pensó. Nunca los había sentido de esa manera. “Ahora sé lo que sentía ella cuando apoyaba su mano”. Regresó, ella, otra vez, a él. Sentada en ese jardín, ella ahora como él, con su mano derecha en su corazón. Su mirada deslizada tenuemente hacia abajo, parecía desolada, pero su rostro tenía un brillo, un esplendor. Por primera vez él la vio diferente, la entendió. Y por segunda vez se volvió a enamorar de ella. Entendió por qué solo la veía a ella. Ella se levantó y caminó hacia él. Caminó por ese hermoso jardín tan verde, tan luminoso. Sus ojos, ahora color esmeralda como la suma del verde jardín y el celeste cielo que la sostenían, parecían desprender milagros. Llego hasta él, soltó su mano derecha de su corazón y la apoyó en el de él.
Sintió como su mano izquierda recobraba la vida, su pierna derecha las fuerzas. Se levantó de un solo intento. Miró a su alrededor, buscó en su corazón y caminó hacia la derecha, abrió la puerta y salió.
Logró entender que su intuición, su sexto sentido, su única liberación de lo normal, su fuente de inspiración, su sentimiento próximo, nunca estuvo en su mente, estuvo siempre en su corazón y en el corazón de ella.
05/09/2009

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