Rodolfo la encontró mirándose al espejo, sus labios dibujaban palabras inaudibles. Su hijita jamás recobraría la razón.
Ya no le podía hacer recordar lo que vivieron juntos, eso a ella no le importaba más. Ahora solo quería comer, alimentarse.
Rodolfo la miró pasible y aturdidamente. Esos ojos antes azules, ahora rojos, más rojos que el fuego del mismo infierno. La miró hasta que esos ojos rojos lo miraron a él. Asustado, aterrorizado, casi paralizado. Agarró a su hijita y salió corriendo. Confundido, Rodolfo tropezó. “Corré” le dijo a su hijita, pero ella no se podía mover. Esos ojos otra vez, más cerca esta vez, ahora quemaban, ardían. “¡No, No!” Gritó. Pero esos ojos lo enmudecieron. Intentó recobrar sus fuerzas pero antes de poder siquiera pensarlo su cara se lleno de rojo, rojo sangre, la sangre de su hijita. Lo cegó por un instante para luego poder ver nuevamente el fuego y sentir el ardor. Rodolfo cayó, su sangre se mimetizó con la de su hijita y el fuego lo quemó y lo arrastró, se lo llevó.
04/09/2009

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